
Corría la segunda mitad de un periodo que transcurrió hace casi cuatro años.
Sucedió en una de esas tardes, en la que parecía, que el calor estaba aburrido en donde estaba, y se le acaeció venirle a romper la paciencia a la primavera.
Ya había pasado el caos del primer parcial, y los pocos valientes que habíamos quedado, estábamos tratando de entender como se sacaba un MC de un Escandallo partiendo de un PVP.
Hacia mucho calor, sentada en la segunda fila, comencé a prestar atención no sin preguntarme que hacia sentada ahí y no clavándome un helado. Con botellita de agua de por medio y un par de hojas que servían como abanico, intenté, con mucha fuerza, prestarle atención a mi querido profesor. Situación, que me llevo por mal camino...
Disese, que la tiza es el elemento primordial de un profesor para plasmar sus conocimientos en el pizarron, esa madera pintada de color verde o negro, que se encuentra en el frente u a los costados de un aula. Pleno Siglo XXI, ese material sacado del cemento o no se de donde, tendría que ser suplantado por fibrones indelebles con pizarras de acrílico. Pero en pleno Filo, eso seria una aberración.
Habíamos realizado un ejercicio (uno de esos, que los alumnos efectúan sin saber que están haciendo), cuando el profesor, viendo nuestra cara de espanto ante el ejercicio que nos había pedido, tomo la iniciativa de realizarlo en el pizarron para explicarlo; sabia que si no lo hacia, se quedaba sin curso para que rinda el segundo parcial y él, comiéndose una buena cagada a pedos. Tal era nuestra cara de espanto, que no se percato –o no tubo en cuenta– a la traicionera dama blanca con formato de barra (o bien llamada tiza) en el desempeño de su tic nervioso.
El buen hombre tenia la particularidad de acicalar sus partes inferiores delanteras cada vez que explicaba algo, tal es así, que la querida tiza lo traiciono en la quinta “tocata”. Ese, comenzó a ser un momento cada vez mas incomodo...incomodo porque uno no podía dejar de mirarlo y de aguantarse la risa. Cosa, que sumado al calor que hacia en la querida aula, la gente se ponía cada vez mas colorada y él, cada vez mas blanco...
Esto conllevo, a que luego de transcurrir las dos torturantes horas de practico, los alumnos salieran del aula realizando preguntas como: “Viste la mancha de tiza que le quedo en el pantalón?”, “Ira por la calle así”, “Le decimos?”, en vez de percatarse, que no prestaron atención por la distracción que habían tenido.
Por eso, es recomendable leer los apuntes que nos implementan, desde la capitular hasta el ultimo pie de pagina, por el simple motivo, de que si nos distraemos por la visualización de movimientos involuntarios en zonas restringidas, el “no entendimiento del tema” no va a ser tan doloroso...
Esperando que este consejo le sea de utilidad, mi asiduo lector, lo sorprenderé en el próximo relato, con mas anécdotas editoriales.
Jane
Sucedió en una de esas tardes, en la que parecía, que el calor estaba aburrido en donde estaba, y se le acaeció venirle a romper la paciencia a la primavera.
Ya había pasado el caos del primer parcial, y los pocos valientes que habíamos quedado, estábamos tratando de entender como se sacaba un MC de un Escandallo partiendo de un PVP.
Hacia mucho calor, sentada en la segunda fila, comencé a prestar atención no sin preguntarme que hacia sentada ahí y no clavándome un helado. Con botellita de agua de por medio y un par de hojas que servían como abanico, intenté, con mucha fuerza, prestarle atención a mi querido profesor. Situación, que me llevo por mal camino...
Disese, que la tiza es el elemento primordial de un profesor para plasmar sus conocimientos en el pizarron, esa madera pintada de color verde o negro, que se encuentra en el frente u a los costados de un aula. Pleno Siglo XXI, ese material sacado del cemento o no se de donde, tendría que ser suplantado por fibrones indelebles con pizarras de acrílico. Pero en pleno Filo, eso seria una aberración.
Habíamos realizado un ejercicio (uno de esos, que los alumnos efectúan sin saber que están haciendo), cuando el profesor, viendo nuestra cara de espanto ante el ejercicio que nos había pedido, tomo la iniciativa de realizarlo en el pizarron para explicarlo; sabia que si no lo hacia, se quedaba sin curso para que rinda el segundo parcial y él, comiéndose una buena cagada a pedos. Tal era nuestra cara de espanto, que no se percato –o no tubo en cuenta– a la traicionera dama blanca con formato de barra (o bien llamada tiza) en el desempeño de su tic nervioso.
El buen hombre tenia la particularidad de acicalar sus partes inferiores delanteras cada vez que explicaba algo, tal es así, que la querida tiza lo traiciono en la quinta “tocata”. Ese, comenzó a ser un momento cada vez mas incomodo...incomodo porque uno no podía dejar de mirarlo y de aguantarse la risa. Cosa, que sumado al calor que hacia en la querida aula, la gente se ponía cada vez mas colorada y él, cada vez mas blanco...
Esto conllevo, a que luego de transcurrir las dos torturantes horas de practico, los alumnos salieran del aula realizando preguntas como: “Viste la mancha de tiza que le quedo en el pantalón?”, “Ira por la calle así”, “Le decimos?”, en vez de percatarse, que no prestaron atención por la distracción que habían tenido.
Por eso, es recomendable leer los apuntes que nos implementan, desde la capitular hasta el ultimo pie de pagina, por el simple motivo, de que si nos distraemos por la visualización de movimientos involuntarios en zonas restringidas, el “no entendimiento del tema” no va a ser tan doloroso...
Esperando que este consejo le sea de utilidad, mi asiduo lector, lo sorprenderé en el próximo relato, con mas anécdotas editoriales.
Jane

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